| Hace más de dos milenios,
los romanos extendieron el cultivo del olivo por las
tierras de la península Ibérica. Antes
que ellos los griegos transmitieron al Mediterráneo
Occidental la veneración hacia estos árboles,
resistentes, fértiles y longevos, y la alta estima
por el caldo de sus frutos.
La mitología situaba el origen de esta planta
en Atenea, la diosa de la sabiduría que hizo
brotar de una lanza el olivo del que no sólo
sus frutos serán buenos para comer, sino que
de ellos se obtendrá un líquido extraordinario
que servirá para alimento de los hombres, para
alivio de sus heridas y dar fuerza a su organismo.
No en vano, las leyes griegas penalizaban con el destierro
a quien osase arrancar más de dos olivos. Símbolo
de vida, puesto que las mujeres buscaban su sombra cuando
querían engendrar. Con su madera dura y fuerte
se tallaban las estatuas de los dioses y los instrumentos
de combate de los héroes grecolatinos, tales
cómo Hércules, que separo Europa de África,
poniendo en comunicación la mar mediterránea
con la mar atlántica.
Ya en el período medieval, la civilización
islámica aporto mejoras en las técnicas
de su cultivo, en la obtención del aceite y en
la fabricación de recipientes. La trascendencia
de su aportación fue tal que los vocablos castellanos
de aceituna, aceite, almazara, algorín o acebuche,
proceden de la lengua árabe. |